16 jul 2013

Epicureismo



Epicuro fue un filósofo griego, concretamente de la isla de Samos.
Fundó una escuela filosófica llamada “Escuela del Jardín” en el 306 a. n. e. Una de sus principales y más llamativas virtudes era que permitía el acceso a mujeres, y éstas participaban en la escuela igual que los hombres. La escuela tenía como pilar fundamental la amistad.
-“Debemos buscar a alguien con quien comer y beber antes de buscar algo que comer y beber, pues comer solo es llevar la vida de un león o un lobo.”

El objetivo del pensamiento epicúreo es acabar con aquellos elementos que nos impiden la felicidad. En resumidas cuentas, alcanzar la felicidad. Todas las filosofías helénicas surgidas después de la muerte de Alejandro Magno (323 a. n. e.) tenían la búsqueda de la felicidad como objetivo último. Y el objetivo último de cualquier escuela o teoría filosófica responde a unas necesidades. Uno hace comida si tiene hambre, pero no hará esculturas de mármol para llenarse el vientre. En filosofía, igual. El mundo que había dejado Alejandro Magno se hundía y los que vivían en esa época se encontraban con que todo estaba en constante cambio. Así pues, las filosofías helénicas son de un carácter más ético y se preocupan en mayor medida por cómo ha de vivir uno para ser feliz.

La felicidad para Epicuro de Samos está en el placer. Pero no era Epicuro alguien que gustara de orgías desenfrenadas y violaciones al ganado del vecino. Al contrario. Epicuro veía que el placer era un método para conseguir la Ataraxia, un estado de imperturbabilidad. Podría casi decirse que Epicuro era un puritano. Epicuro rechazaba abiertamente cualquier exceso.
-“El placer es el bien primero. Es el comienzo de toda preferencia y de toda aversión. Es la ausencia del dolor en el cuerpo y la inquietud en el alma.”

Muy parecido al “nirvana”. Evidentemente, al hablar de imperturbabilidad, la cosa cambia. Uno no puede estar imperturbable si antes se ha pegado un atracón de higos.
-“Una conducta desordenada se parece a un torrente invernal de corta duración.”

De este modo, para Epicuro será placentero todo aquello que no nos vaya a producir dolor después. O todo aquello que nos vaya a producir mayor placer en sus consecuencias, como ir al dentista a que nos extraiga una muela que nos duele, o ir al médico a que nos cure una herida abierta. Echar alcohol en una herida duele, pero duele menos que una infección.

Añadir que Epicuro hace distinción entre placeres necesarios o innecesarios, y naturales o no naturales. Existen los innecesarios y no naturales, que traerían pésimas consecuencias, como la fama, el poder político, etc.; los innecesarios y naturales, como el sexo, pero que llevarlos a la práctica no nos traería malas consecuencias (como todo, en su medida) y no llevarlos a la práctica tampoco nos provocaría dolor; y, por último, lo más natural y necesario (comer, beber), que no se pueden ignorar o las consecuencias serán peores.
-“¿Quieres ser rico? Pues no te afanes en aumentar tus bienes, sino en disminuir tu codicia.”

Una vez resumido brevísimamente el pensamiento epicúreo, expongo aquí una receta. Medicina para el alma. El Tetrafarmakon. O tetrafármaco. Una medicina que cura cuatro dolencias, o cuatro miedos diferentes. Empezamos:

* Miedo a los dioses. Para Epicuro los dioses eran seres demasiado alejados de nosotros, los humanos, y no se preocupaban por nuestras vicisitudes, por lo que no tenía sentido temerles. Por el contrario, deberían ser un modelo de virtud y de excelencia a imitar, pues según el filósofo los dioses vivían en armonía mutua, manteniendo entre ellos relaciones de amistad.
-“¿Dioses? Tal vez los haya. Ni lo afirmo ni lo niego, porque no lo sé ni tengo medios para saberlo. Pero sé, porque esto me lo enseña diariamente la vida, que si existen ni se ocupan ni se preocupan de nosotros.”

* Miedo a la Muerte. Epicuro defiende mediante un razonamiento lógico que mientras nosotros vivimos la muerte no ha llegado y cuando llegó ya no vivimos. Para él la muerte es sencillamente la pérdida de la capacidad de sentir. Por esto se deduce que probablemente no creyera en una vida después de la muerte.
-“La muerte es una quimera: porque mientras yo existo, no existe la muerte; y cuando existe la muerte, ya no existo yo.”

* Miedo al dolor físico. Se trata de un miedo infundado, ya que todo dolor es en realidad fácilmente soportable. Si se trata de un dolor intenso su duración será breve sin duda, mientras que si el dolor es prolongado, su intensidad será leve y podrá ser fácilmente sobrellevado. Así lo ve Epicuro de Samos.

* Miedo al fracaso en la búsqueda del bien y la felicidad en la vida. Este miedo está relacionado con el ideal de autonomía del sabio epicúreo. Quien considera que la felicidad depende de factores externos equivoca su juicio y se somete a cosas que están fuera de su control, como la opinión de los demás, las recompensas externas, etc. La felicidad está en uno mismo. Por el contrario, gozando de la autonomía propia del sabio, es posible para cada uno lograr un estado de ánimo equilibrado y gozoso con muy pocos medios.
-"El hombre es rico desde que ha familiarizado con la escasez."

3 jun 2013

Horizonte



Nuestro horizonte en llamas. Esencias al límite. ¿Dónde… empezamos? ¿Dónde… terminamos?

Respiras mis nubes. Mi frescor invade tus pulmones. Inhala mi aliento, mi vida…

Jadeo tu fuerte olor. Me pierdo en tu misterioso aroma. Naufrago… nuestros cuerpos se confunden.

Bebes de mi sol.

Tú hieres mi tierra.

Lame… con tu cálida lengua de eternidad… mis bosques.

Y tú… viaja conmigo. Aléjame al horizonte.

Arráncame el aire.        

Mis pétalos vuelan… amputados por tu frenético respirar. Excítame más…

…y más… hasta sentir tu ardiente alma.

Incandescente. Saboreas mi fuego…

Tíñeme de ceniza… soy un volcán… soy tierra… soy cielo… y suelo… cielo soy yo… en el horizonte, somos los dos.


19 mar 2013


    Un cuarto oscuro, un zulo con un pequeño y desgastado sofa en el centro. Un triste rostro, pobremente iluminado, mira cabizbajo allí sentado. su corazón esta tan quieto como la mente. Físicamente, una planta.

Los dedos recorren al azar el plástico que ilumina su cara. Cualquiera diría que sin sentido y rumbo vagaban aquellos dedos por aquel material. Pero allí están sus dedos. Y sus ojos, y todo él.

Su alma esta tan vacío como su cuerpo, centrado en algo que cree que tiene actividad, mirando una absurda quietud, viviendo unos pixeles más de vida. 

Para él, todo es frenesí, un tac aquí y otro allá.
Allí, en aquel viejo sofá, ya no hay un hombre. Solamente un fantasma.


Enviado desde mi Smartphone

11 mar 2013


El niño Romántico


Reconocido el joven cuerpo, el amigo se estremeció. La pena embriagaba su alma, por lo inesperado de aquello. Pero no le extrañaba, en cualquier momento habría podido ocurrir.

Recordó cuando su amigo, ahora descansando con los ojos cerrados y aquella fea herida en la cabeza, le contó algo que le había ocurrido de niño. No podía olvidar cuando ese entrañable niño de ojos abiertos, le dijo: “me han dicho una cosa muy fea…”. Para tranquilizarle, le preguntó a su amigo que qué le ocurría que fuera tan grave. Éste respondió: “me muero”. Ambos lloraron abrazados, pero realmente aquel niño no se moría, lo que pasaba, entendió varios años después, era que su perrito se había ido al cielo. El niño, curioso, quiso saber más y, a veces, saber más trae muchos disgustos. “Entonces… ¿yo también me voy a morir?”. Los padres se miraron, sin saber cómo decírselo. Pero, finalmente, tuvieron que contarle la amarga verdad.

Los niños se hicieron mayores y, con el paso de los días, meses y años sobre sus vidas, olvidaron que la vida tiene fin. Hasta que ocurrió aquella fatalidad.

El hombre, en pie, miraba a su amigo. Nunca había querido crecer, siempre guardaba dentro de sí algo de niño. Era un niño en el cuerpo de un adulto. Los recuerdos galopaban por sus ojos, uno tras otro. Recordó las peleas con una sonrisa, ya no tenían importancia. Otros recuerdos más felices pasaban por su mente. Estuvo ensimismado, homenajeando a su amigo con una última reunión que, si en lo físico no podía darse, al menos lo hacía dentro de su propia mente. Jugaban de niños, se descubrían de adolescentes y charlaban de adultos. Continuó navegando en los mares más profundos de su mente, en la sala sólo se escuchaba el suave chorro de aire acondicionado y el tranquilo latir de su propio corazón. Sin embargo, aunque entendía en parte lo que su amigo había hecho, no paraba de preguntarse: “¿por qué?

Casi como respuesta a su pregunta, entró en la sala una señora con una bata blanca, acompañado por un policía. Le entregó un sobre, ponía que iba destinado a él. Pidió que cerraran la puerta y le dejaran leerlo a solas.  Con un temblor en las manos lo abrió, inseguro. Leyó:

“perdóname… lo hice… apreté el gatillo… me maté… porque sabía que me iba a morir”.


25 feb 2013

`Beep-beep´



`Beep-beep´

Sonido de alarma, `beep-beep´. Cinco minutos más, `beep-beep´. Pies descalzos, suelo frío. "Benditas pantuflas". `Clap-clap´, pasillo vacío, largo. Tétrica madrugada, supuesto amanecer.

`Chummm...´, café en proceso. `Ras-ras´, picor en las posaderas. `Fiummmm-fiummmm´, "mosca cojonera"... `Hoy, ..., asesinatos-hoy, ..., desempleados´, televisión de fondo. `¡Din!´, café caliente. `Glup-glu´..."joder, ardiendo".

Sonido de mensaje, `beep-beep´. Nada importante. Taza en la pila. `Plin-plin´, cuchara al suelo. `Crac´, espalda machacada.
`Meeeeec´, puerta desengrasada. `Clap´, cerrada.
"¿Y el felpudo? Putos vecinos..."

`Caballo ahogado-caballo ahogado´, "mierda, la batería".
Taxi
`¡Hijo puta!-¡Fuera!´
`Veinte euros-gracias´
"Jodida batería..."

`Beep-beep´, un cumpleaños.
`Tuc-tac, tuc-tac´, "joder, otra vez tarde".
`Tic-tac, tic-tac´, "todavía faltan ocho horas..."
 `¡Ring!´, a casa.

`¡Taxi!´
`¡Hijo puta!-¡Fuera!´

`Meec... ¡Clap!´, al fin en casa.

`Beep-beep´, batería baja.
`Beep-beep´, un mensaje.
`Beep-beep´, nada.
`Beep-beep´, "pesadilla de granja virtual...".
`Beep-beep´, otro mensaje.
`Beep-beep´, nada.
`Beep-beep´, batería baja.
`Beep-beep´, más mensajes.
`Beep-beep´, nada.
`Beep-b...´

--¡Vaya, ahora me oigo respirar!



19 dic 2012



TRAVESÍA EN LA CASA DE LAS PREGUNTAS

La larga travesía en mar había sido complicada. Pero, al fin, había llegado. Tantos años de espera y esfuerzo para poder entrar en la legendaria Casa de las Preguntas. Aquella casa que, en lo alto de la montaña divina que rasgaba los cielos, podría mirar con cariñosa superioridad a las casas del valle. Contaban los extraños libros que había podido leer, que en aquella casa había habido ilustrísimos personajes. Ahora había cuadros en las paredes no con su rostro, sino con el pensamiento que tras él se escondía. 

El joven e iluso viajero alcanzó al fin la remota Región de los Enigmas, la zona donde el pensamiento tuvo su origen. Esperaba ver aquella colosal colina que sostenía la Casa de las Preguntas, que tiempo atrás había  crecido tanto que el Monte Olimpo se había convertido en un simple desnivel más en el terreno. Pero lo que encontró no se correspondía con lo que esperaba ver. La magnitud de la Montaña de los Interrogantes no era ahora sino una simple nada. La casa descansaba ahora tristemente en un suelo árido y agrietado, y ella misma tenía ese aspecto. El tiempo y el poco mantenimiento debían haber hecho mella en sus cimientos. Alrededor de ella ya no había nada. Los edificios de antaño eran piedras bañadas en musgo y olvido. Una cúpula de humo y aire sucio delataba que la vida ya no se desarrollaba bajo el manto de la Casa de las Preguntas, sino en alguna zona en la que no parecía haber una casa parecida.

Una suerte para el viajero haber llegado en ese oportuno instante en el que todo parece poder cambiar. Durante unos segundos se escuchó el rugir de la tierra, mientras se empezaba a fragmentar el suelo en una línea que separaba lo que quedaba de la Casa de las Preguntas con el resto del mundo. El islote que la sostenía empezó a adentrarse en el mar, pero había sido en ese instante en el que se había iniciado la separación cuando el viajero había saltado instintivamente hacia el islote. Tenía un instinto peculiar, algo que le decía que si aquella casa debía hundirse o perderse en la inmensidad del océano, él se perdería con ella. 

Las olas empezaron a chocar con furia contra las paredes de la casa y la poca tierra que hacía de suelo alrededor fue desapareciendo. Miró entonces el joven, buscando una entrada. Vio una puerta roja y se arrojó sobre ella. La abrió con gran esfuerzo y entró. De reojo pudo leer unas letras que rezaban: “No entra aquí quien no sepa geometría”. Se sintió extraño, pues no tenía ni idea de geometría. Mas creyó entender lo que quería decir aquella advertencia.

Dentro sólo había una única y gran sala. Olía a viejo. Lo sorprendente es que dentro había una vieja bombilla que apenas iluminaba toda la sala, dejándola casi en penumbra. Aún más le sorprendió que dentro hubiera alguien. Había mucha gente, a decir verdad. Sin embargo, nada comparado con la gente que vivía bajo aquella cúpula de aire contaminado que había fuera. Fue recorriendo excitado la sala, al fin veía la Casa de las Preguntas por dentro. Todas las paredes llenas de ilustres personajes encajados en marcos de diversos materiales. Gente mirando los cuadros y hablando de ellos y otros tantos manteniendo limpios los cuadros. El joven viajero sonreía, era un lugar maravilloso. 

Fue recorriendo los cuadros hasta que un desafortunado comentario llegó hasta él. Era sobre un cuadro. El tipo que lo dijo parecía ser un maestro en aquel cuadro, pero afirmaba no saber sobre ningún otro. Siguió hablando y el joven se dio cuenta de que era alguien que jamás se había hecho preguntas, sino que había puesto un pedestal muy alto en sus valores con el pensamiento del tipo que figuraba en el cuadro. Casi por accidente escuchó a otro supuesto maestro hablar a unos alumnos con los ojos abiertos como platos, y lo que hacía era ignorar todo cuadro y ponerse a sí mismo como modelo a seguir mientras sentía una gran excitación espiritual. Más allá, otro que también parecía afirmar ser maestro enseñaba rápidamente todos los cuadros a sus alumnos, y hablaba de ellos como si fueran un simple catálogo de consumo. El joven, que acababa de entrar en la Casa de las Preguntas, entendió que todos aquellos no seguían el camino apropiado. 

Su frustración aumentó más cuando, al pasar junto a los que creía que restauraban cuadros, observó que lo que desesperadamente intentaban era pegar fotos de su propio rostro en la pared. Todos eran aduladores de la estructura, todos querían ser un cuadro más entre aquellos. Pero, según pudo comprobar, el último cuadro colocado legítimamente por la mano de la Historia databa de hacía tanto que sus propios abuelos no habrían podido conocer. El joven se sintió como un médico que había diagnosticado la enfermedad de su paciente, como el arquitecto que ve dañada una estructura. Algo fallaba, pero, ¿qué?

Corrió durante horas, buscando bajo las alfombras, analizando todo cuanto en aquella sala había. Y no encontró nada. Se sentó, abatido, en un rincón. Sumido en un profundo pensamiento, tanto que algunos supuestos maestros empezaron a hablar de aquella estatua humana que llevaba ahí tanto tiempo, se vio sobresaltado por un golpe al fondo de la sala. Un cuadro se había caído. El cuadro había sido colocado a duras penas en su día y ahora estaba tan olvidado que nadie se había ocupado de su mantenimiento. El rostro era de Crátilo, pero podría ser de cualquier otro. La gravedad es la misma para todos los cuadros. 

Entonces, en ese instante, el joven viajero que había acudido a la Casa de las Preguntas a hacerse un hombre con la sabiduría de un anciano y los interrogantes de un niño, encontró dónde descansaba la solución y el problema. Las alcayatas. Todos mirando cuadros y paredes pintadas mientras la casa se les viene encima, cuando la clave para que la Casa de las preguntas está en las alcayatas. Las alcayatas unen a un problema con su tiempo, y a un pensador con la realidad.



23 sept 2012

Pesadilla



PESADILLA

Allí se encontraba descansando aquel joven, en una cómoda cama con un mullido colchón. El aire era fresco y entraba en sus pulmones cargándole de paz. Cada vez que inhalaba su pecho se hinchaba y transmitía a todo su cuerpo una sensación de plenitud, de calma espiritual. 

Podía escuchar las olas del mar romper suavemente sobre sí mismas mientras el aire fresco se deslizaba por su piel erizando su vello corporal. Las lejanas voces de unas gaviotas no eran suficientes para desestabilizar aquel momento.

En alguna ocasión la delicada marea balanceaba aquella cama, que navegaba sin rumbo por el mar, y el joven se debatía en si caer o no en un profundo sopor…

El tiempo se había roto, ya no existía para él. No hubiera sido capaz de decir cuánto pudo haber pasado hasta que su sueño cambió. Una bocanada de aire enrarecido le hizo percatarse de que algo no marchaba bien. Empezó a sentirse aturdido. Aquel aire era imposible respirarlo. Pero sus pulmones necesitaban volver a llenarse. Se puso tenso. La piel se le humedeció ligeramente por el sudor de la agonía del a asfixia. No lo soportó más. Inhaló con todas sus ganas. Los pulmones le ardieron. El aire era ácido puro. Tosió. Su boca se inundó de un sabor a sangre y bilis. 

Una arcada.

Tenía todos los músculos tensos y su cuerpo se convulsionaba. Inquieto, se revolvió en su lecho. Durante un breve instante se acercó al borde de su cama y el estómago se le estremeció por el vértigo. El mar sonaba ahora con violencia y su cama ya no era cómoda. Era de un colchón durísimo y el joven sentía que tuviera pinchos clavándose en las partes del cuerpo que apoyaba.
Trató de asomarse a los bordes de la cama, pero cuando miró al mar no vio nada. No podía abrir los ojos. Trató por todos los medios de ver algo, pero no lo lograba. Separó los labios con fuerza y gritó de rabia. Alzó los puños apretados por encima de su cabeza, con los brazos rígidos temblando de fuerza. Pataleaba al aire, que seguía siendo igual de irrespirable.

Gritó. No veía. 

Lloraba, pero no podía abrir los ojos.

Quería despertar.

Gritó de nuevo.

Seguía sin ver.

Y con el último grito perdió la conciencia.

Abrió los ojos violentamente, despierto. Su cama seguía en el mar de siempre, que volvía a estar en calma. Siempre había estado en calma. El sonido lejano de las gaviotas relajó su respiración. Unos parpadeos. Tragó saliva. Su corazón latía con menos frenesí. ¿Le habría oído alguien?